Veinte años cada uno. Eran las once de la mañana y el centro porteño estaba cargado de su habitual multitud de viernes. Oficinistas apurados por comer algo con un amigo que trabaja a diez cuadras, cadetes en motos, taxistas que putean a los que cruzan en rojo, turistas emocionados con la fauna de Buenos aires, Japoneses que a todo lo que se mueve le sacan fotos e infaltables las cientos de publicidades que adornan todo al rededor el obelisco. Juan hacia cuarenta minutos atrás que había entrado en alguna sala de chat homosexual, la igual que Nicolás. Sus destinos esa tarde se unían, como había arreglado en la salida del subte B, justamente en la estación Carlos Pellegrini. Iban a reonocerse por una bufanda negra que casualmente cada uno de ellos llevaba en el cuello, además de la campera roja de Nico y la mochila a cuadros blanca de Juan.
Había quedado para conocerse y tomas un café en el Mc Donald de dos piso, ese que tiene vista al obelisco. Sus hormonas esa mañana estaban aceleradas. Y los dos vasos de cartón con precaución de caliente que los separaban empezaban a molestar. En la cabeza de cada uno de ellos el morbo era enorme. Entrar en el baño del restaurante de comidas rápidas seria una opción, pensaba Juan. El dilema era, como insinuarle eso a alguien con el que apenas había intercambiado a lo sumo cincuenta palabras y veinte minutos de chat. De los cuales deis se tomaron para hacer una descripción física de cada uno por falta de web cam en los respectivos cybers. Otro lugar para Juan era impensable. Su casa quedaba en Lanus y más que seguro estaría toda su familia en ella. Y para pagar un telo el poco dinero que tenia en su bolsillo debía alcanzarle para ir a la noche a bailar con unos amigos. Además pensó que el chico que acababa de conocer no era la gran cosa. Cuando Nicolás se paro y fue al baño Juan aprovecho para analizarlo mejor. Y no quedo muy satisfecho de lo que veía moverse delante de el. Igualmente lo siguió. Miro varias veces antes de entrar al baño detrás del chico que acababa de conocer en el chat, para ver que nadie lo viese entrar. Sin embargo a esa hora el lugar estaba lleno de gente. Lo tomó de la mano y lo llevo hasta dentro de los pequeños cubiculos donde se encierran los inodoros. Nicolás no estaba seguro de hacerlo, pero vio en los ojos de Juan que un no sería en vano. Una vez adentro se besaron. Juan sentó a Nicolás en el asiento mugriento del inodoro, bajo su pantalón y quiso obligar a practicarle sexo oral. Mientras le succionaban repetidas veces su pene erecto, se saco su remera. La estiró con odio, rodeo el cuello del otro. Tomó los extremos con mucha fuerza y apretó. Apretó y apretó y apretó. Nicolás intentó resistirse, pero todo fe en vano. En menos de cinco minutos el aire dejó de entrar en su cuerpo, y una marca roja adornaba todo su cuello. Juan volvió a ponerse su remera, acomodó el cuerpo rellenito del chico que acabada de matar de forma que pareciera que estuviese haciendo caca. Miro por debajo de la puerta que nadie estuviese afuera y salió. Con paso apresurado cruzo la puerta de salida. Una leve llovizna comenzó a mojar Buenos Aires. Paro un taxi, indicó la estación de ómnibus de retiro y se fue.
viernes, 2 de julio de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
Pacientes, calientes, alterados y frustrados
Martín dijo que se llamaba Agustín, esa mañana temprano cuando el teléfono sonó quince minutos antes que su despertador. Del otro lado una voz ronca, gastada, confirmaba la hora del encuentro. Tarde para un martes, dieciocho horas en el bar con mesas de madera que esta justo cruzando la calle de la facultad de derecho. Como iban a reconocerse seria la gran incógnita, aunque Miguel, que era cuarenta años mayor, recordó haber visto fotos del niño de veinte años en su casilla de correo. Dos meses antes de este llamado, por ciento cincuenta pesos la hora habían arreglado un encuentro que jamás se había concretado. Sin embargo esta vez, el morbo o las hormonas de Miguel lo habían llevado temprano a revisar la agenda de su teléfono celular y llamar al “pendejo”.
Corrió las cortinas para cubrir los grandes ventanales por los que se podía observar los edificios contiguos desde su piso catorce, y entro directo a darse una ducha pues el día había trascurrido, y el medico de sesenta años esa tarde había atendido más de una docena de pacientes en el hospital italiano. Velozmente lavo cada parte de su arrugado y casi obeso cuerpo, porque el reloj lo corría. Había una diferencia de cinco minutos entre el del living de Miguel y el que marcaba las cinco veintidós del noticiero. Y como era un hombre que nunca había faltado a su palabra, ocho minutos antes de lo acordado estaba bajando de su auto, que estratégicamente había estacionado frente al bar de las mesas de madera. Escogió la que estuviese más aislada de la sociedad, para así tener la mayor intimidad posible. En el momento que vio cruzar la calle, a un chico de campera naranja, jens gastados y zapatillas de lona esbozo una sonrisa, que dejo casi al descubierto sus dientes amarillos. El niño, que casi parecía un ángel inmaculado e inocente, se sentó y ordeno una gaseosa. Miguel estaba absorto, casi era desagradable su mirada que devoraba al joven que tenia sentado adelante.
Treinta y cinco minutos más tarde Agustín tenía encima de él un cuerpo arrugado y excitado que no llego a penetrarlo. Derramo su semen en la entrada. Sin remordimiento, ni vergüenza, ni culpa por malgastar los doscientos pesos que se eyaculacion precoz le había costado encendió un cigarrillo. Mientras ibas desde su habitación hasta la cocina por un poco de jugo de naranja para el joven, el joven desnudo empezaba a revisar cuanto cajón tenía por delante. Con las manos dentro del anteúltimo cajón del placard de puertas dobles que estaba sobre la pared del fondo de la habitación, lo encontró el medico de sesenta años. Sos un pelotudo. Dame mis doscientos pesos ahora que me tengo que ir. Para que todavía no te la metí. A mí que me importa, ya acabaste. Y Agustín dejaba de lado su comportamiento angelical, para reclamar un sueldo que había sabido ganarse. Porque el polvo lo cobraba doscientos. Adentro o afuera no le importaba. Enervado Miguel, que hacia más de seis meses que no tenía el más mínimo contacto con la piel de un humano que no fuera su paciente, lo tomo de los brazos y con violencia lo tumbo sobre la cama dispuesto a todo. Mientras que con una mano sostenía los brazos del joven con la buscaba con que poder atarlo. Al no encontrar, saco afuera de su boxer a rayas su pene erecto y lo apoyo sobre el cuerpo desnudo del joven. Una inesperada patada en el hígado lo dejo tumbado entre la puerta y la pared del costado. Y la pata de metal del velador sobre su cabeza le hizo correr un débil hilo de sangre. Agustín volvió a respirar, saco del bolsillo del viejo una billetera negra, se puso su ropa que estaba tirada sobre un costado. Miró desde la puerta la habitación por miedo a olvidarse algo, tomo las llaves que estaba sobre la mesa en la entrada y salió.
Bruno Tignanelli Junio 2010 Buenos Aires, Argentina (c)
Corrió las cortinas para cubrir los grandes ventanales por los que se podía observar los edificios contiguos desde su piso catorce, y entro directo a darse una ducha pues el día había trascurrido, y el medico de sesenta años esa tarde había atendido más de una docena de pacientes en el hospital italiano. Velozmente lavo cada parte de su arrugado y casi obeso cuerpo, porque el reloj lo corría. Había una diferencia de cinco minutos entre el del living de Miguel y el que marcaba las cinco veintidós del noticiero. Y como era un hombre que nunca había faltado a su palabra, ocho minutos antes de lo acordado estaba bajando de su auto, que estratégicamente había estacionado frente al bar de las mesas de madera. Escogió la que estuviese más aislada de la sociedad, para así tener la mayor intimidad posible. En el momento que vio cruzar la calle, a un chico de campera naranja, jens gastados y zapatillas de lona esbozo una sonrisa, que dejo casi al descubierto sus dientes amarillos. El niño, que casi parecía un ángel inmaculado e inocente, se sentó y ordeno una gaseosa. Miguel estaba absorto, casi era desagradable su mirada que devoraba al joven que tenia sentado adelante.
Treinta y cinco minutos más tarde Agustín tenía encima de él un cuerpo arrugado y excitado que no llego a penetrarlo. Derramo su semen en la entrada. Sin remordimiento, ni vergüenza, ni culpa por malgastar los doscientos pesos que se eyaculacion precoz le había costado encendió un cigarrillo. Mientras ibas desde su habitación hasta la cocina por un poco de jugo de naranja para el joven, el joven desnudo empezaba a revisar cuanto cajón tenía por delante. Con las manos dentro del anteúltimo cajón del placard de puertas dobles que estaba sobre la pared del fondo de la habitación, lo encontró el medico de sesenta años. Sos un pelotudo. Dame mis doscientos pesos ahora que me tengo que ir. Para que todavía no te la metí. A mí que me importa, ya acabaste. Y Agustín dejaba de lado su comportamiento angelical, para reclamar un sueldo que había sabido ganarse. Porque el polvo lo cobraba doscientos. Adentro o afuera no le importaba. Enervado Miguel, que hacia más de seis meses que no tenía el más mínimo contacto con la piel de un humano que no fuera su paciente, lo tomo de los brazos y con violencia lo tumbo sobre la cama dispuesto a todo. Mientras que con una mano sostenía los brazos del joven con la buscaba con que poder atarlo. Al no encontrar, saco afuera de su boxer a rayas su pene erecto y lo apoyo sobre el cuerpo desnudo del joven. Una inesperada patada en el hígado lo dejo tumbado entre la puerta y la pared del costado. Y la pata de metal del velador sobre su cabeza le hizo correr un débil hilo de sangre. Agustín volvió a respirar, saco del bolsillo del viejo una billetera negra, se puso su ropa que estaba tirada sobre un costado. Miró desde la puerta la habitación por miedo a olvidarse algo, tomo las llaves que estaba sobre la mesa en la entrada y salió.
Bruno Tignanelli Junio 2010 Buenos Aires, Argentina (c)
miércoles, 21 de abril de 2010
Suicidio Adolecente
Marcos se sentia incomprendido. Diecinueve años desde el día de su nacimiento habian trascurrido, y este mitad hombre mitad niño que desde hacia un tiempo atras empezó a dar sus primeros pasos en el mundo universitario. Ciencias de la comunicacion fue la decision de su futuro que este chico, que toda vida la había visto pasar en su casa del barrio porteño de Paternal, más prcisamente a escasos metros de la avenida San Martín. Su hogar no discurria del de una familia de clase media, lo que era notabale era la ausencia en la vida de Marcos de otras personas. Su padre trabajaba por mas de 14 horas diarias manejando un taxi en el que paseaba por toda la hermosa ciudad de Buenos Aires entre cuatro o cinco chicas diarias, que pagan el viaje con algo muy diferente al dinero. Y su madre, que muchas más veces de la que cualquier adolencente pudiese desear, no volvia a dormir en varias oportunidades durante la semana. Alcoholica y depresiva.
Los dos de la vida de Marcos, fueron sin duda indeseable por cualqueira que este de trasito por este mundo. El lunes se despertó, como era habitual en él, a las siete de la mañana dispuesto a cursar las cuatro materias del primer día de la semana. Su padre hacia escasos minutos se habia ido con su renault 19 pintado amarillo y negro en busca de nuevas aventuras con prostituas porteñas. Su madre habia dejado una nota sobre la mesa de la cocina en la que pedia que alguien hiciera algunas compras, y un billete de cien pesos. El joven, que no ignoraba, pero si pasaba por alto el desordenado compartamiento de sus padres, entó esa mañana en la mugrienta cocina plagada de cucarachas y platos sucios. Tomo el billete de la mesa, ignoró el recado de su madre y sin prestarle mucha atención al desorden habitual de su casa, partió.
Cansino y como quien hace todo lo que debe en la vida de manera automatizada, proque no existe un motor aparente que motive las ganas de hacer se deslizaba este chico por los andenes del subte, por las cuatro cuadras que separaban la estación donde se bajaba para entrar a clases y su faultad. Pero esa mañana decidio seguir de largo. Con una mochila no más pesada de la que debia cargar en su propia vida, camino sin rumbo durante horas y horas. Por fin se detuvo en una plaza a observar. Una pareja sonriente jugando con un perro blanco, cuatro amigos espectante a las anecdotas de sus fines de semana, una mujer que intentaba asolearse con el poco calor que da el sol de abril, dos ancianos que a paso lento recorrian el camino de flores que se habia formado allí. Sin bronca, sin sentir absolutamente nada, desganado y apatico se quedó recostado sobre su brazo izquierdo.
Desde su lugar podia ver pasar a la madre a los tumbos por el alcohol y a su padre risueño en su auto con alguna que otra chica que no debia tener mucha más edad que él. Compró cocaina, fue de nuevo a su casa y la aspiró hasta desmayarse.
A la mañana siguiente se despertó un poco más de las siete, su padre hacia escasos minutos se habia ido con su reno 19, la nota de su madre seguia en la mugrienta mesa de la cocina. Su madre no estaba, no había dinero en la mesa esa mañana. El teléfono en esa casa hacia mucho tiempo que no sonaba. Marcos, cansino como de costumbre caminó hasta la cocina, observó el desastre y comprendio que era incomprendido. No habia ayuda, no había solución. Salió al jardín, tomó una soga y la corto en tres partes. Se ahorcó con una de ellas, dejando las otras dos a un costado.
Pasaron 36 horas para que, alertados por un vecino, los padres descubrieran la tragedia. Ella ahora vive en Lanus, y sigue a los tumbos por la vida. El choco el renaul 19 y paso dos meses solo recuperandose en un hospital de belgrano.... cuando salió nunca más volvio a manejar.
Los dos de la vida de Marcos, fueron sin duda indeseable por cualqueira que este de trasito por este mundo. El lunes se despertó, como era habitual en él, a las siete de la mañana dispuesto a cursar las cuatro materias del primer día de la semana. Su padre hacia escasos minutos se habia ido con su renault 19 pintado amarillo y negro en busca de nuevas aventuras con prostituas porteñas. Su madre habia dejado una nota sobre la mesa de la cocina en la que pedia que alguien hiciera algunas compras, y un billete de cien pesos. El joven, que no ignoraba, pero si pasaba por alto el desordenado compartamiento de sus padres, entó esa mañana en la mugrienta cocina plagada de cucarachas y platos sucios. Tomo el billete de la mesa, ignoró el recado de su madre y sin prestarle mucha atención al desorden habitual de su casa, partió.
Cansino y como quien hace todo lo que debe en la vida de manera automatizada, proque no existe un motor aparente que motive las ganas de hacer se deslizaba este chico por los andenes del subte, por las cuatro cuadras que separaban la estación donde se bajaba para entrar a clases y su faultad. Pero esa mañana decidio seguir de largo. Con una mochila no más pesada de la que debia cargar en su propia vida, camino sin rumbo durante horas y horas. Por fin se detuvo en una plaza a observar. Una pareja sonriente jugando con un perro blanco, cuatro amigos espectante a las anecdotas de sus fines de semana, una mujer que intentaba asolearse con el poco calor que da el sol de abril, dos ancianos que a paso lento recorrian el camino de flores que se habia formado allí. Sin bronca, sin sentir absolutamente nada, desganado y apatico se quedó recostado sobre su brazo izquierdo.
Desde su lugar podia ver pasar a la madre a los tumbos por el alcohol y a su padre risueño en su auto con alguna que otra chica que no debia tener mucha más edad que él. Compró cocaina, fue de nuevo a su casa y la aspiró hasta desmayarse.
A la mañana siguiente se despertó un poco más de las siete, su padre hacia escasos minutos se habia ido con su reno 19, la nota de su madre seguia en la mugrienta mesa de la cocina. Su madre no estaba, no había dinero en la mesa esa mañana. El teléfono en esa casa hacia mucho tiempo que no sonaba. Marcos, cansino como de costumbre caminó hasta la cocina, observó el desastre y comprendio que era incomprendido. No habia ayuda, no había solución. Salió al jardín, tomó una soga y la corto en tres partes. Se ahorcó con una de ellas, dejando las otras dos a un costado.
Pasaron 36 horas para que, alertados por un vecino, los padres descubrieran la tragedia. Ella ahora vive en Lanus, y sigue a los tumbos por la vida. El choco el renaul 19 y paso dos meses solo recuperandose en un hospital de belgrano.... cuando salió nunca más volvio a manejar.
domingo, 21 de marzo de 2010
Domingo diecinueve horas
"Hasta este punto llegue".
Así se levantaba, Luis, Luisito ese domingo a eso de las dieciocho horas. Había dormido en el sillón del living de su departamento de dos ambientes, decorado con varios cuadros a medio terminar. Delante de él había un televisor, rodeado de películas desordenadas y una medita baja que demostraba que la anterior hubo gente bebiendo. Varios botellas vacías por todos lados. Vasos y copas, algunas con manchas de vino tinto y restos de cerveza. Luís se levanta mareado e invadido por esa extraña sensacion que produce el domingo a la tarde. Se sienta y mira a su alrededor. El reloj marca la proximidad de la hora diecinueve y, esa quietud típica de domingo arma el ambiente. Se reincorpora con un leve dolor de cabeza, toma un envase de cerveza abierto y empieza a tomar. Su mirada se llena de esa melancolía, tristeza y vació que deja una borrachera de sábado a la noche. Como puede, camina. va hacia la cocina, comienza a guardar unos vasos y vuelve con un palo y trapo para el piso. Sin embargo, al instante se da cuenta de que esta agotado o que simplemente no tiene ganas de ello.
Se vuelve a sentar, se agarra la cabeza, toma más cerveza, llora. Ve que dentro del cenicero, hay un cigarrillo o un porro apagado y lo enciende. Allí se queda un rato fumando, desconcertado. Cuando descubre en el piso de su living, una caja de pizza vacía. La abre, y toma de ella un cuchillo con restos de muzarella. Mantiene el cuchillo en su mano, y su mirada pasa de el a las venas d su brazo derecho, la idea que cortarse queda unos instantes en su cabeza, pero finalmente desiste y vuelve a poner el cuchillo en la caja.
Va a su habitación, y saca de arriba de un gran placar de madera, un bolso grande y marrón. En su cuarto no hay rastros de la noche anterior, como si ese espacio hubiese sido ajeno al descontrol de los invitados. Comienza a guardar en el bolso, algo de ropa, películas, cds. Se conecta con cada una de las cosas que toma, como si cada una de ellas lo trasportara a un lugar especial. Mira todo y llora, como si no fuese a volver por un largo tiempo.
Vuelve al living, se apoya sobre la mesa, toma una lapicera y papel y escribe: "te escribo para contarte lo difícil de este momento, hoy. No me hallo, no tengo idea de donde estoy. ¿Soy un artista? ¿Quien carajo soy?. Decidí irme de acá, aunque no se bien a donde. Siempre me gusto el mar, asique supongo que estaré en un lugar en un lugar tranquilo cerca del mar. Esos pueblos despoblados con los que siempre soñe. Tener una vieja bicicleta y recorrerlo todas las mañanas. No se, no quiero que esto parezca que estoy huyendo porque no es así. Me voy a tratar de encontrarme. Volveré. Te amo."
Deja la carta doblada sobre la mesa, y ve una foto colgada en la pared de cuando era chico. La agarra, llora de melancolía. Vuelve a tomar algo de cerveza caliente, se sienta y llora aun más. Invadido por la impotencia y en un desgarrado acto de furia, agarra uno de los vasos que había sobre la mesita ratona y lo estrella contra la pared. Luis se cae al piso, y se queda ahí tirado por un momento. Desvalido, llora aun más.
Luego se reincorpora, va hacia la habitación y busca el bolso. Cierra cada una de las ventanas. Se abriga, porque el frió afuera es crudo, y sale a la calle dispuesto a irse. La calle esta desolada, es capital. Nadie, se siente esa soledad trágica de las tardes de domingo. El reloj marca las diecinueve y minutos. Va hasta su auto desvencijado, pone el bolso en el baúl, se sube y mira todo indeciso. Ve la hora. Una iglesia. Se baja y vuelve a tomar el bolso en sus manos.
Entra nuevamente a su departamento, y se queda inmóvil observando todo tal cual lo había dejado hacia algunos segundos. Deja el bolso en el suelo, toma la carta y se mete en el baño. Frente al espejo se mira, se busca. Y una risa comienza a brotar de su interior, es casi inevitable, reírse de si mismo. Suena el teléfono.
-Ey boludo! ¿que haces? ¿vamos a comer a lo de Eugenio?
-Dale dale, me baño y voy.
Corta el teléfono. Se sienta en la cama, y mira la carta que aun sostiene en su mano. Se ríe aún más fuerte. Y se siente bien.
(c) Bruno Tignanelli, marzo 2010, Buenos Aires, Argentina.
Así se levantaba, Luis, Luisito ese domingo a eso de las dieciocho horas. Había dormido en el sillón del living de su departamento de dos ambientes, decorado con varios cuadros a medio terminar. Delante de él había un televisor, rodeado de películas desordenadas y una medita baja que demostraba que la anterior hubo gente bebiendo. Varios botellas vacías por todos lados. Vasos y copas, algunas con manchas de vino tinto y restos de cerveza. Luís se levanta mareado e invadido por esa extraña sensacion que produce el domingo a la tarde. Se sienta y mira a su alrededor. El reloj marca la proximidad de la hora diecinueve y, esa quietud típica de domingo arma el ambiente. Se reincorpora con un leve dolor de cabeza, toma un envase de cerveza abierto y empieza a tomar. Su mirada se llena de esa melancolía, tristeza y vació que deja una borrachera de sábado a la noche. Como puede, camina. va hacia la cocina, comienza a guardar unos vasos y vuelve con un palo y trapo para el piso. Sin embargo, al instante se da cuenta de que esta agotado o que simplemente no tiene ganas de ello.
Se vuelve a sentar, se agarra la cabeza, toma más cerveza, llora. Ve que dentro del cenicero, hay un cigarrillo o un porro apagado y lo enciende. Allí se queda un rato fumando, desconcertado. Cuando descubre en el piso de su living, una caja de pizza vacía. La abre, y toma de ella un cuchillo con restos de muzarella. Mantiene el cuchillo en su mano, y su mirada pasa de el a las venas d su brazo derecho, la idea que cortarse queda unos instantes en su cabeza, pero finalmente desiste y vuelve a poner el cuchillo en la caja.
Va a su habitación, y saca de arriba de un gran placar de madera, un bolso grande y marrón. En su cuarto no hay rastros de la noche anterior, como si ese espacio hubiese sido ajeno al descontrol de los invitados. Comienza a guardar en el bolso, algo de ropa, películas, cds. Se conecta con cada una de las cosas que toma, como si cada una de ellas lo trasportara a un lugar especial. Mira todo y llora, como si no fuese a volver por un largo tiempo.
Vuelve al living, se apoya sobre la mesa, toma una lapicera y papel y escribe: "te escribo para contarte lo difícil de este momento, hoy. No me hallo, no tengo idea de donde estoy. ¿Soy un artista? ¿Quien carajo soy?. Decidí irme de acá, aunque no se bien a donde. Siempre me gusto el mar, asique supongo que estaré en un lugar en un lugar tranquilo cerca del mar. Esos pueblos despoblados con los que siempre soñe. Tener una vieja bicicleta y recorrerlo todas las mañanas. No se, no quiero que esto parezca que estoy huyendo porque no es así. Me voy a tratar de encontrarme. Volveré. Te amo."
Deja la carta doblada sobre la mesa, y ve una foto colgada en la pared de cuando era chico. La agarra, llora de melancolía. Vuelve a tomar algo de cerveza caliente, se sienta y llora aun más. Invadido por la impotencia y en un desgarrado acto de furia, agarra uno de los vasos que había sobre la mesita ratona y lo estrella contra la pared. Luis se cae al piso, y se queda ahí tirado por un momento. Desvalido, llora aun más.
Luego se reincorpora, va hacia la habitación y busca el bolso. Cierra cada una de las ventanas. Se abriga, porque el frió afuera es crudo, y sale a la calle dispuesto a irse. La calle esta desolada, es capital. Nadie, se siente esa soledad trágica de las tardes de domingo. El reloj marca las diecinueve y minutos. Va hasta su auto desvencijado, pone el bolso en el baúl, se sube y mira todo indeciso. Ve la hora. Una iglesia. Se baja y vuelve a tomar el bolso en sus manos.
Entra nuevamente a su departamento, y se queda inmóvil observando todo tal cual lo había dejado hacia algunos segundos. Deja el bolso en el suelo, toma la carta y se mete en el baño. Frente al espejo se mira, se busca. Y una risa comienza a brotar de su interior, es casi inevitable, reírse de si mismo. Suena el teléfono.
-Ey boludo! ¿que haces? ¿vamos a comer a lo de Eugenio?
-Dale dale, me baño y voy.
Corta el teléfono. Se sienta en la cama, y mira la carta que aun sostiene en su mano. Se ríe aún más fuerte. Y se siente bien.
(c) Bruno Tignanelli, marzo 2010, Buenos Aires, Argentina.
jueves, 18 de marzo de 2010
Solos y drogas
Cuando Matías se habia dispuesto a dormir aquella noche, luego de cepillarse los dientes y aplicarse en la cara una crema, como parte de un tratamiento.
Matías, un chico de apenas veintiun años, que llego a Buenos Aires desde Catamarca a estudiar ingenieria en sistemas hace tres años atras. En sus ultimos meses, asumio ser homosexual y empezo a descubrir esta nueva estapa, pasando por catorce relaciones sexuales ocacionas sin animos de compromiso alguno. Hasta que esa madrugada de martes, las cosas cambiaron para él, y su perspectiva de un compromiso fue diferente. Casi sin pensar y automatico alentó una situcion, fuera de lo común.
Eran las dos y, el clima ya era adecuado para adentrarse en sueño. Pasados apenas tres minutos que el velador de Matías dejaba de iluminar la habitación, y ya no se podia ver la pila de ropa arrugada y revuelta sobre la cama contigua, que su hemano usá esporadicamente para dormir cuando esta en el país. En ese momento, el celular que estaba en la mesita de noche, vibró. el departamento de tres ambientes en el microcentro porteño, que comparte con su hermana Eugenia, que ahora se encontraba de viaje por el norte argentino, estaba vacio y en silencio. La vibración sobre el vidro que cubre la mesa, resonó por todo el espacio. "¿Estas despierto?", se podia leer en la pantalla azul. Estó puso en alerta al dueño de casa, que no tardo en afirmar que se encontraba despierto. Y allí comenzo una seguidilla de mensajes de texto, en uno de los cuales Matías contó que estaba solo y por dormirse. El otro, un chico de diecisiete años que vivia en Lanus, delgado y dueño de una simpatia capaz de enamorar al instante.
Alrededor de 15 días atrás, estos dos chicos habian empezado a chatear. Despues de un intercambio de fotos, las intenciones de conocerce se pusieron al descubeirto. Matías qudo obnubilado antes la belleza del más joven, el más joven tuvo una idea que pecaba de picara. Amante de la marihuana, le expreso su deseo de hacer el amor bajo esos efectos, que dscribió como sagrados. Matías, no muy convecido pero tentado antes semejante proposicion, aceptó.
A las dos cincuenta de la madrugada, la esquina de Viamonte y Reconquista estaba lejos de tener el habitual transito multitudinaro de cada tarde, tal vez uno podia distingir alguna que otra silueta a lo lejos o el ruido de unos pocos autos que pasaban por Alem. Desde una de las esquinas, con capucha gris sobre su cabeza, jens azul gastado y paso lento, aparecio este joven. Flaco, muy flaco, de razgos delicados y una sonrisa picara y cautivante. Matias salio a su encuentro. Beso en la mejilla, sonrisas y una pequeña caminata de media cuadra desolada y fria, que separaba a los chicos de la puerta del edificio.
Una vez adentro, el dueño de casa cuidadosamente le quito la capucha y emocionado dijo:
-Sos mucho mas lindo en persona, no peudo creer que despues de tantas horas de chat estes aca.
El chico se limito a sonreir, y cada vez que lo hacia cautivava aun más al dueño de la casa, que insitio en que se pusiera comodo, que disponian de la casa para los dos solos. Matias le ofreció algo para tomar, pero el más chico ya tenia algo en mente, y puso sobre las revistas de moda de la hermana que estaban en la la mesa ratona del living, cinco porros. Tal como había prometido en internet.
-Creo que esto va a mejorar las cosas. -Dijo suave el chico.
Matías bajo la tonalidad de las luces, prendio una vela de vainilla que habia sobre la mesa y creo el ambiente adecuado para que dos personas se enamoren. Fue y volvio de la cocina con una copa de vino y un encendedor, antes puso algo de musica instrumental. Ambos bebieron algunos sorbos de vino, y el más joven prendio el primer faso. Entre las primeras pitadas, le enseñó al dueño del departamento como mantener el humo en sus pulmones la mayor cantidad de tiempo posible, mientras le acariciaba el antebrazo. Última pitada al porro, y estos dos jovenes, como quien concreta algo que esperó hace mcuho, se fundieron en un beso apasaionado. No tardaron siqueira un minuto, en condimentar la situcion con las manos en el cuerpo del otro con suaves caricias. Besos con suma ternura en el cuello, los hombros y hasta en la punta de la nariz. Las dos bocas danzaban y se entendía a la perfección. Dos remeras sobre la alfombra roja que cubria el suelo, y los torsos descubiertos se frotaban con ansia.
El más chico detuvo la situación, y propuso continuar en la habitación y arrancar allí el segundo porro. Por un instante Matías dudo en continua fumando, dado que ya experimentaba una sensación desconocida que no sabia si podría controlar. Sin embargo, cedío ante la insistencia del joven risueño.
Recostados sobre la cama, en la que Matías apenas una hora atras iba a conciliar el sueño, prendieron el segundo cigarrillo.
-Ahora si!, mantene el humo en humo en los pulmones lo más que puedas, y vas a ver que bueno esta. -Imperiosamente acnsejaba el más joven, que a su vez le recordaba al dueño de casa dejar a mano los preservativos.
Última pitada del porro número dos, que casi sin darse cuenta, o cegado por la belleza de su conquista, Matías habias fumado practicamente el solo, que ya sentia dejar de ser dueño de sus movimientos y reia de casi todo lo que veia. Mientras tanto su invitado le robaba alguno que otro beso. Y una vez mas, impulsados por la pasión y las hormonas de su juvetud, empezaron a besarse. Los pantalones de ambos fueron a parar a pila de ropa que habia en la cama de al lado.
Los boxers dejaban ver dos erecciones notables. No dejaron parte alguna del cuerpo del otro sin reorrer y acariciar, incluso ambas lenguas recorrieron los cuerpos desnudos que, sin siquiera notarlo se habian trasladado a la habitacion de al lado. Y nuevamente, el más joven detuvo la pasión.
Salio del cuarto, y volvio con un tercer porro encendido en su boca al que le dio una pequeña pitada. Sonrio con ternura, y el paso el cigarro a Matías. Recostado sobre la falda de su invitado, fumba y fumaba.
El más chico, lo dejo recostado sobre la amplia cama de dos plazas de la hermana de sabanas blancas y, lo siguió insitando a terminar el cigarrillo, mientras buscaba su ropa. Ya con su ropa puesta le pidió al dueño de la casa, que poco entendia, que bajasen a un kiosko para comprar algunos chocolates. Matías, deseperadamente queria hacer el amor desbordado de exitación. Pero el más joven, insistió que la noche tenia muchas horas y si iban más lento lo difrutarías aun más. Como pudo, el dueño de casa, busco algo de ropa en la pila que habia sobre la cama que eventualmente su hermano usaba, y el otro escribia en su celular.
Bajaron el unico piso que los dividia de la puerta de salida a la calle, y despacio atravezaron el pasillo que los separaba. Matías, en su estado, sin poner atención alguna a lo que afuera sucedia, abrió enorme puerta de vidrio, y dos jovenes de más de veinticinco años cada uno entraron con brusquedad. Guiados por el unico invitado alli presente, entraron al departamentode tres ambientes que hacia escasos minutos habia sido guarida de una pasión. Uno de ellos, habia traido arrastrando casi sin dificultad al dueño de casa, que ató y amordazó en una de las sillas de la cocina.
En quince minutos o menos, cargaron en un viejo Sedan azul grisaceo en estado decadente , todo aquello de valor que a su paso encontraron en el departamento. El más joven, entro en la cocina, tomo las llaves de la mano de Matías, volvio a besarlo una vez más y salio.
(c), Bruno Tignanelli, Buenos Aires, Argentina 2010
Matías, un chico de apenas veintiun años, que llego a Buenos Aires desde Catamarca a estudiar ingenieria en sistemas hace tres años atras. En sus ultimos meses, asumio ser homosexual y empezo a descubrir esta nueva estapa, pasando por catorce relaciones sexuales ocacionas sin animos de compromiso alguno. Hasta que esa madrugada de martes, las cosas cambiaron para él, y su perspectiva de un compromiso fue diferente. Casi sin pensar y automatico alentó una situcion, fuera de lo común.
Eran las dos y, el clima ya era adecuado para adentrarse en sueño. Pasados apenas tres minutos que el velador de Matías dejaba de iluminar la habitación, y ya no se podia ver la pila de ropa arrugada y revuelta sobre la cama contigua, que su hemano usá esporadicamente para dormir cuando esta en el país. En ese momento, el celular que estaba en la mesita de noche, vibró. el departamento de tres ambientes en el microcentro porteño, que comparte con su hermana Eugenia, que ahora se encontraba de viaje por el norte argentino, estaba vacio y en silencio. La vibración sobre el vidro que cubre la mesa, resonó por todo el espacio. "¿Estas despierto?", se podia leer en la pantalla azul. Estó puso en alerta al dueño de casa, que no tardo en afirmar que se encontraba despierto. Y allí comenzo una seguidilla de mensajes de texto, en uno de los cuales Matías contó que estaba solo y por dormirse. El otro, un chico de diecisiete años que vivia en Lanus, delgado y dueño de una simpatia capaz de enamorar al instante.
Alrededor de 15 días atrás, estos dos chicos habian empezado a chatear. Despues de un intercambio de fotos, las intenciones de conocerce se pusieron al descubeirto. Matías qudo obnubilado antes la belleza del más joven, el más joven tuvo una idea que pecaba de picara. Amante de la marihuana, le expreso su deseo de hacer el amor bajo esos efectos, que dscribió como sagrados. Matías, no muy convecido pero tentado antes semejante proposicion, aceptó.
A las dos cincuenta de la madrugada, la esquina de Viamonte y Reconquista estaba lejos de tener el habitual transito multitudinaro de cada tarde, tal vez uno podia distingir alguna que otra silueta a lo lejos o el ruido de unos pocos autos que pasaban por Alem. Desde una de las esquinas, con capucha gris sobre su cabeza, jens azul gastado y paso lento, aparecio este joven. Flaco, muy flaco, de razgos delicados y una sonrisa picara y cautivante. Matias salio a su encuentro. Beso en la mejilla, sonrisas y una pequeña caminata de media cuadra desolada y fria, que separaba a los chicos de la puerta del edificio.
Una vez adentro, el dueño de casa cuidadosamente le quito la capucha y emocionado dijo:
-Sos mucho mas lindo en persona, no peudo creer que despues de tantas horas de chat estes aca.
El chico se limito a sonreir, y cada vez que lo hacia cautivava aun más al dueño de la casa, que insitio en que se pusiera comodo, que disponian de la casa para los dos solos. Matias le ofreció algo para tomar, pero el más chico ya tenia algo en mente, y puso sobre las revistas de moda de la hermana que estaban en la la mesa ratona del living, cinco porros. Tal como había prometido en internet.
-Creo que esto va a mejorar las cosas. -Dijo suave el chico.
Matías bajo la tonalidad de las luces, prendio una vela de vainilla que habia sobre la mesa y creo el ambiente adecuado para que dos personas se enamoren. Fue y volvio de la cocina con una copa de vino y un encendedor, antes puso algo de musica instrumental. Ambos bebieron algunos sorbos de vino, y el más joven prendio el primer faso. Entre las primeras pitadas, le enseñó al dueño del departamento como mantener el humo en sus pulmones la mayor cantidad de tiempo posible, mientras le acariciaba el antebrazo. Última pitada al porro, y estos dos jovenes, como quien concreta algo que esperó hace mcuho, se fundieron en un beso apasaionado. No tardaron siqueira un minuto, en condimentar la situcion con las manos en el cuerpo del otro con suaves caricias. Besos con suma ternura en el cuello, los hombros y hasta en la punta de la nariz. Las dos bocas danzaban y se entendía a la perfección. Dos remeras sobre la alfombra roja que cubria el suelo, y los torsos descubiertos se frotaban con ansia.
El más chico detuvo la situación, y propuso continuar en la habitación y arrancar allí el segundo porro. Por un instante Matías dudo en continua fumando, dado que ya experimentaba una sensación desconocida que no sabia si podría controlar. Sin embargo, cedío ante la insistencia del joven risueño.
Recostados sobre la cama, en la que Matías apenas una hora atras iba a conciliar el sueño, prendieron el segundo cigarrillo.
-Ahora si!, mantene el humo en humo en los pulmones lo más que puedas, y vas a ver que bueno esta. -Imperiosamente acnsejaba el más joven, que a su vez le recordaba al dueño de casa dejar a mano los preservativos.
Última pitada del porro número dos, que casi sin darse cuenta, o cegado por la belleza de su conquista, Matías habias fumado practicamente el solo, que ya sentia dejar de ser dueño de sus movimientos y reia de casi todo lo que veia. Mientras tanto su invitado le robaba alguno que otro beso. Y una vez mas, impulsados por la pasión y las hormonas de su juvetud, empezaron a besarse. Los pantalones de ambos fueron a parar a pila de ropa que habia en la cama de al lado.
Los boxers dejaban ver dos erecciones notables. No dejaron parte alguna del cuerpo del otro sin reorrer y acariciar, incluso ambas lenguas recorrieron los cuerpos desnudos que, sin siquiera notarlo se habian trasladado a la habitacion de al lado. Y nuevamente, el más joven detuvo la pasión.
Salio del cuarto, y volvio con un tercer porro encendido en su boca al que le dio una pequeña pitada. Sonrio con ternura, y el paso el cigarro a Matías. Recostado sobre la falda de su invitado, fumba y fumaba.
El más chico, lo dejo recostado sobre la amplia cama de dos plazas de la hermana de sabanas blancas y, lo siguió insitando a terminar el cigarrillo, mientras buscaba su ropa. Ya con su ropa puesta le pidió al dueño de la casa, que poco entendia, que bajasen a un kiosko para comprar algunos chocolates. Matías, deseperadamente queria hacer el amor desbordado de exitación. Pero el más joven, insistió que la noche tenia muchas horas y si iban más lento lo difrutarías aun más. Como pudo, el dueño de casa, busco algo de ropa en la pila que habia sobre la cama que eventualmente su hermano usaba, y el otro escribia en su celular.
Bajaron el unico piso que los dividia de la puerta de salida a la calle, y despacio atravezaron el pasillo que los separaba. Matías, en su estado, sin poner atención alguna a lo que afuera sucedia, abrió enorme puerta de vidrio, y dos jovenes de más de veinticinco años cada uno entraron con brusquedad. Guiados por el unico invitado alli presente, entraron al departamentode tres ambientes que hacia escasos minutos habia sido guarida de una pasión. Uno de ellos, habia traido arrastrando casi sin dificultad al dueño de casa, que ató y amordazó en una de las sillas de la cocina.
En quince minutos o menos, cargaron en un viejo Sedan azul grisaceo en estado decadente , todo aquello de valor que a su paso encontraron en el departamento. El más joven, entro en la cocina, tomo las llaves de la mano de Matías, volvio a besarlo una vez más y salio.
(c), Bruno Tignanelli, Buenos Aires, Argentina 2010
miércoles, 17 de marzo de 2010
La puerta del placard
Y se encontraron en una esquina porteña, desolada a la madrugada.
Uno rubio de ojos verdes, un cuerpo trabajado durante horas y años en el gimnasio, el otro mas delgado y asustado, morocho de rasgos aniñados. Hermoso los dos. Luego de semanas de chat y fotos... y porqué no alguna vez una masturbación mutua delante de la webcam. El encuentro era inevitable, pero su desenlace podría salír del mejor libreto de ficción dramática que jamas hubiéremos imaginado.
Cuando se vieron estaban aquella madrugada en el barrio de Caballito -precisamente en primera junta- estaban nerviosos e indecisos. Ni un alma sobre volaba la Avenida Rivadavia, solo estos dos hermosos chicos de veinte y veintidos años que planeaban un encuentro sexual.
Luego de las cortesías de costumbre, subieron al departamento de Lucio; dos ambientes estratégicamente organizados. Dos vasos de coca cola con bastante hielo, y la charla entre ambos empezaba de a poco a fluir. Primeras veces, antiguos encuentros, salidas, amigos, carreras, los temas de rigor para romper el hielo. El dueño de casa aspirante a arquitecto en la univesidad de Buenos Aires, el otro, el morocho mas flaco trabajaba en un call center vendiendo productos en el mercado español y estaba a punto de abandonar sus estudios en analista de sistemas.
Lucio, el rubio de abdominales casi perfectos, que tenia una mirada intrigante en sus razgados ojos verdes. Aceleró el encuentro carnal cuando, en un subito impulso, acerco la boca a la de su invitado. No tardaron mas de 10 minutos en friccionar sus cuerpos y quedar erectos los dos...
Las manos de ambos rozaban cada una de las partes del cuerpo que tenían apretado contra el suyo, especiealmente en los sexos. Aquella noche explotaban las hormonas. El sudor comenzó a recorrerlos, y la ropa pedia a gritos que al dejasen caer al suelo... Los tres primeros botones de la camisa de lucio se desprendieron. La lengua de su invitado empezó a dibujarle los pezones ya endurecidos por la exiatcion. En ese momento...
como invadido por una extraña sensación de culpabilidad y desprecio, Lucio le pidió a su ultima conquista que por favor se retirara de la casa, y que se fuera por la puerta de su habitación así los vecinos, a la mañana siguiente no tendrían comentario alguno que hace al respecto. El chico desconcertado. Sin embargo cumplio la orden. Se dirigió a la habitación pero allí no encontró mas que un placard, una pequeña ventana, la cama desecha y una mesita de luz.
-Acá no hay una puerta por donde pueda irme.
-¿Como que no? ¿y la del placard? Andate por ahí. -Le ordenó imperiosamente señalando la puerta del placard.
Estaba obligandolo a que se fuera por la misma puerta del lugar donde él colgaba sus camisas. Ante el desconcierto y la negativa del chico, Lucio comenzó a perder la paciencia. Con cada vez mas ímpetud empujaba al chico a salir por ese lugar por el que ningun ser racional usaría para salir de un departamento.
Evidentemente alterado, y sin esa cara de ángel de ojos tiernos que mostraba hacia solamente unos minutos , saco un revólver y, apuntando hizo retroceder al chico hasta meterlo en el placard, como si estuviese convencido de que podria marcharse por allí. Las negativas y los intentos por hacerlo "entrar en razón" fueron en vano. De pornto, lo miró fijamente y disparó. Una bala se introdujo en la pierna derecha del chico que, completamente invadido por el miedo, abrió la puerta del viejo placard y se acomodó allí dentro, entre unas camisas arrugadas y una valija negra.
Veinte minutos más tarde, Lucio entró con una taza de té negro en la mano. Abrió la puerta de su placard y comprobó que su ultima conquista continuaba allí, sosteniendo su pierna empapada en sangre Una vez más, empuño la pistola y le apunto.
-¿Todavia seguís acá?"
Y, sin darle tiempo a responder, gatilló tres disparos certeros. la sangre enrojeció el piso. El chico quedó allí, mirandolo, con los ojos de vidrio.
Lucio, dejo su taza de té en la mesa de luz y, recuperando la belleza que tenia antes del incidente, anotó en un cuaderno azul el numero "16".
(c), Bruno Tignanelli, Buenos Aires, Argentina, 2010
Uno rubio de ojos verdes, un cuerpo trabajado durante horas y años en el gimnasio, el otro mas delgado y asustado, morocho de rasgos aniñados. Hermoso los dos. Luego de semanas de chat y fotos... y porqué no alguna vez una masturbación mutua delante de la webcam. El encuentro era inevitable, pero su desenlace podría salír del mejor libreto de ficción dramática que jamas hubiéremos imaginado.
Cuando se vieron estaban aquella madrugada en el barrio de Caballito -precisamente en primera junta- estaban nerviosos e indecisos. Ni un alma sobre volaba la Avenida Rivadavia, solo estos dos hermosos chicos de veinte y veintidos años que planeaban un encuentro sexual.
Luego de las cortesías de costumbre, subieron al departamento de Lucio; dos ambientes estratégicamente organizados. Dos vasos de coca cola con bastante hielo, y la charla entre ambos empezaba de a poco a fluir. Primeras veces, antiguos encuentros, salidas, amigos, carreras, los temas de rigor para romper el hielo. El dueño de casa aspirante a arquitecto en la univesidad de Buenos Aires, el otro, el morocho mas flaco trabajaba en un call center vendiendo productos en el mercado español y estaba a punto de abandonar sus estudios en analista de sistemas.
Lucio, el rubio de abdominales casi perfectos, que tenia una mirada intrigante en sus razgados ojos verdes. Aceleró el encuentro carnal cuando, en un subito impulso, acerco la boca a la de su invitado. No tardaron mas de 10 minutos en friccionar sus cuerpos y quedar erectos los dos...
Las manos de ambos rozaban cada una de las partes del cuerpo que tenían apretado contra el suyo, especiealmente en los sexos. Aquella noche explotaban las hormonas. El sudor comenzó a recorrerlos, y la ropa pedia a gritos que al dejasen caer al suelo... Los tres primeros botones de la camisa de lucio se desprendieron. La lengua de su invitado empezó a dibujarle los pezones ya endurecidos por la exiatcion. En ese momento...
como invadido por una extraña sensación de culpabilidad y desprecio, Lucio le pidió a su ultima conquista que por favor se retirara de la casa, y que se fuera por la puerta de su habitación así los vecinos, a la mañana siguiente no tendrían comentario alguno que hace al respecto. El chico desconcertado. Sin embargo cumplio la orden. Se dirigió a la habitación pero allí no encontró mas que un placard, una pequeña ventana, la cama desecha y una mesita de luz.
-Acá no hay una puerta por donde pueda irme.
-¿Como que no? ¿y la del placard? Andate por ahí. -Le ordenó imperiosamente señalando la puerta del placard.
Estaba obligandolo a que se fuera por la misma puerta del lugar donde él colgaba sus camisas. Ante el desconcierto y la negativa del chico, Lucio comenzó a perder la paciencia. Con cada vez mas ímpetud empujaba al chico a salir por ese lugar por el que ningun ser racional usaría para salir de un departamento.
Evidentemente alterado, y sin esa cara de ángel de ojos tiernos que mostraba hacia solamente unos minutos , saco un revólver y, apuntando hizo retroceder al chico hasta meterlo en el placard, como si estuviese convencido de que podria marcharse por allí. Las negativas y los intentos por hacerlo "entrar en razón" fueron en vano. De pornto, lo miró fijamente y disparó. Una bala se introdujo en la pierna derecha del chico que, completamente invadido por el miedo, abrió la puerta del viejo placard y se acomodó allí dentro, entre unas camisas arrugadas y una valija negra.
Veinte minutos más tarde, Lucio entró con una taza de té negro en la mano. Abrió la puerta de su placard y comprobó que su ultima conquista continuaba allí, sosteniendo su pierna empapada en sangre Una vez más, empuño la pistola y le apunto.
-¿Todavia seguís acá?"
Y, sin darle tiempo a responder, gatilló tres disparos certeros. la sangre enrojeció el piso. El chico quedó allí, mirandolo, con los ojos de vidrio.
Lucio, dejo su taza de té en la mesa de luz y, recuperando la belleza que tenia antes del incidente, anotó en un cuaderno azul el numero "16".
(c), Bruno Tignanelli, Buenos Aires, Argentina, 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
Buen inicio!
Mi blog, mi propio blog. Considero que seria inapropiado, no empezar estas hojas blancas dando la pauta de lo que será, auqneu pensandolo mejor, no se que será de esto.
Aca estoy, soy Bruno, y voy a rellenar este espacio con las cosas que se decir, y creo que me se quejar, es una de las razones por las que empecé a estudiar periodismo. Denunciar cada una de las cosas que no anden bien en el mundo, va a ser como mi diario independendiente.
Además, soy hiper sencible, o al menos lo dice mi psicologa, asique relataré ancdotas junto a amigos, cosas que em pasen en la calle todos los días, proque no alguna historia con contenido sexual.
En fin espero tener mcuho que decir, pero antes de dar pro iniciado mi espacio. Gracias Lukas, que aunque no se quein sos, te convertiste en el responsable de este espacio mmm digamos creativo.
Saludos y buen comienzo para mi.
(El temita del ego lo disutimos en otra secion)
Brunito
Aca estoy, soy Bruno, y voy a rellenar este espacio con las cosas que se decir, y creo que me se quejar, es una de las razones por las que empecé a estudiar periodismo. Denunciar cada una de las cosas que no anden bien en el mundo, va a ser como mi diario independendiente.
Además, soy hiper sencible, o al menos lo dice mi psicologa, asique relataré ancdotas junto a amigos, cosas que em pasen en la calle todos los días, proque no alguna historia con contenido sexual.
En fin espero tener mcuho que decir, pero antes de dar pro iniciado mi espacio. Gracias Lukas, que aunque no se quein sos, te convertiste en el responsable de este espacio mmm digamos creativo.
Saludos y buen comienzo para mi.
(El temita del ego lo disutimos en otra secion)
Brunito
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